Cuando el grupo Llec tomo de nuevo las riendas de los retos, no pude ponerme mas contento. No solo es una forma de pasarla bien con relatos disparatados y otros un tanto serios, si no simplemente de poner en marcha nuestro lado mas creativo. Por eso mi idea de compartir estos retos. En este caso, primero tuvimos que escoger un animal, y mas tarde nos contaron que había que escribir un relato romántico. Bien, a falta de uno hice dos, el primero es el que participo en el reto, el segundo es el que se me ocurrió después, un tanto extravagante.

El sol anunciaba un nuevo día. Timbó despertó con el cantar de las aves que revoloteaban por su zona. Podía ver cómo la luz se hacía cada vez más intensa, hoy sería un día radiante. Su panza indico que necesitaba ya su desayuno, unas mosquitas o unas cigarras estarían bien para empezar. Con sus miembros anteriores y posteriores cansados de tanto excavar la nueva madriguera tomo por sentado que hoy era su día de descanso. Subió rápidamente y al salir sintió ese cálido roce del sol. Se sentó sobre su cola, y erguido miro a su alrededor buscando algo que comer, hasta que pronto vio una hermosa hembra de piel canela que estaba a tan solo dos metros de donde estaba el. Sus ojos se abrieron tanto que parecían dos agujeros negros, un vacío lleno de asombro. Ella también erguida y observando el lugar, no noto la mirada penetrante del macho Timbó. Su pelaje relucía de una manera esplendida, su pecho sin pelo dejaba ver su piel sin marcas. De seguro ya había cumplido dos años y estaría lista para copular. Con su pequeña para trato de acomodar su poco pelaje y se encaminó a su pequeña enamorada. Ella mientras había encontrado un pequeño ratón y rápidamente lo decapitó, unas gotas de sangre mancharon su boca y eso a Timbó lo volvió loco. Era toda una guerrera. Apuro el paso para su encuentro, sabía que se resistiría, pero era todo parte del amor suricata, por qué así eran ellos. A 20 centímetros de concretar su encuentro un águila que acechaba el lugar arrancó de la madriguera a la joven hembra. Timbó quedó otra vez solo, erguido y moviendo su cabeza para todos lados. En el amor como en la vida siempre hay alguna desgracia.

Suricata’s Club
Estaba en el auto perfectamente modificado para el tamaño de una suricata. Lidia se encontraba nerviosa. No quería llegar tarde, pero odiaría estar temprano en la cita, si alguien tenía que esperar tendría que ser Timbó.
Desde que los humanos fueron exterminados por las suricatas, ellas habían tomado el control de todo el mundo, sus ciudades, su tecnología, y pronto adoptaron su vida, cómo si les hiciera falta.
Estaba a dos calles del bar donde se conocieron por primera vez. Un encuentro nunca pensado. Ella descendientes de la zona sur, una de las más inteligentes, nunca se habría fijado en un norteño de color canela de zona árida. Pero esa noche el destino los junto.
Mientras los dos bailaban subiendo y bajando con sus miembros posteriores, dejando los anteriores pegados al pecho, escuchaban un extraño sonido al que los humanos llamaban rock y del cual solo se escuchaban golpes y gritos. Apareció de forma sorpresiva un ruido distinto y más antiguo que logro que las suricatas se pusieran erguidas y buscarán con sus enormes ojos de quien provenía dicho sonido que los ponía en alerta. Estaban en el parque central, una vieja plaza de ciudad, ahora transformado en un club nocturno, cuando pararon la música para identificar la amenaza. Nos lo vieron venir hasta que se encontraron a 20 metros del suelo, tres águilas se lanzaron a la caza de su comida favorita. Pronto todos se escondieron en sus madrigueras de emergencia, pero Timbó, estaba estupefacto, no reaccionaba. Lidia en un ataque de desesperación hizo girar su cabeza en todas direcciones y calcular el ataque. En segundos fue corriendo y sujeto del cuello del pequeño Timbó y lo saco corriendo hacia una de las madrigueras más cercanas. Pero no llego y el águila estaba a sus pies. Describir lo que pasó después es algo totalmente desagradable pero en resumen la brava Lidia soltó a Timbó y atacó a las aves cómo ellas nunca de hubieran imaginado. A la primera que agarro la descogoto un un simple arañazo. Las dos restantes llenas de furia fueron a buscarla. Con movimientos rápidos y evadiendo los picos filosos, pudo esquivar el ataque y contraatacar con la que quedó rezagada. Tomo con sus patitas pequeñas pero bien fuertes las dos alas del águila y la arrastró por el piso. No tuvo tiempo de reaccionar cuando Lidia le mordió el cuello y se lo quebró. En cuánto a la tercera, tuvo mejor suerte, asustada se fue volando. La noche termino con un rico asado de águila.
Esa noche los dos hablaron rato y tendido, quedaron maravillados el uno del otro. Tenían tanto en común, les gustaba el día, los lugares oscuros y estrechos para dormir. Fanáticos de los mosquitos rellenitos de sangre de mamíferos. Hasta compartían el extraño enamoramiento por los autos humanos, y el rock and roll especialmente uno que se llamaba Elvis. El amor entre ellos nació sin esfuerzo.
Ahora tenían la tercer cita y todo marchaba bien. Si hoy funcionaba el regalo que le trajo, una docena de insectos variados que compró en la insectoria, y un collar de huesos de ratón, podrían pasar a la siguiente fase y compartir su primer madriguera juntos en el centro de la primera ciudad capital.
Cristian Angel Ortus